16 de diciembre de 2005
LA CONFESIÓN DEL TORTURADOR
No vale nada, o poco vale, la confesión del torturado. Desde los
tiempos de la Santa Inquisición, se sabe que no son creíbles, o
bien poco creíbles son, las informaciones y las confesiones
arrancadas bajo tortura, por la sencilla razón de que el dolor
convierte a cualquiera en gran novelista.
En cambio, el sistema de poder confiesa su verdadera identidad a
través de las torturas que inflige. En las cámaras de tormento, los
que mandan se arrancan la máscara.
Así ocurre en Irak, pongamos por caso. Para apoderarse de Irak a
pesar de los iraquíes y contra los iraquíes, las tropas de
ocupación actúan con realismo: predican la democracia y la libertad
y practican la tortura y el crimen. Quien quiere el fin, quiere los
medios. ¿O acaso alguien puede creer que existe otra manera de
robar un país?
Lo demás es puro teatro: las ceremonias, las declaraciones, los
discursos, las promesas y la transferencia de la soberanía, que
pasa de Estados Unidos a Estados Unidos.
Ocurre que el poder no dice lo que dice. Por ejemplo: cuando dice
"terrorismo en Irak", en muchos casos debería decir:
“resistencia nacional contra la ocupación extranjera".
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Cuando se publicaron las fotos y estalló el escándalo, las cumbres
del poder político y militar cantaron a coro los salmos de su
autoabsolución:
.. "Son casos aislados";
.. "Son casos patológicos";
.. "Son unas cuantas manzanas podridas";
.. "Son perversos que deshonran el uniforme".
Como de costumbre, el asesino ha echado la culpa al cuchillo. Pero
esos soldados o policías que enloquecen al prisionero disparándole
descargas de electricidad, o sumergiéndole la cabeza en la mierda,
o partiéndole el culo, no son más que instrumentos: funcionarios
que se ganan el sueldo cumpliendo su tarea en horario de oficina.
Algunos trabajan a desgano y otros meten fervor, como esas
entusiastas señoritas que se han fotografiado mientras humillaban a
sus torturados iraquíes y los exhibían como trofeos de cacería.
Pero todos, los apáticos y los fervorosos, son burócratas del dolor
que actúan al servicio de una gigantesca máquina de picar carne
humana. ¿Locos? ¿Perversos? Puede ser; pero la coartada patológica
no absuelve al poder imperial que necesita la tortura para asegurar
y ampliar sus dominios, porque ese poder está mucho más loco y es
mucho más perverso que los instrumentos que utiliza. Y nada tiene
de anormal que un poder atrozmente injusto utilice métodos atroces
para perpetuarse.
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Nada tiene de anormal, tampoco, que esos métodos atroces no se
llamen por su nombre. Europa sabe que donde manda capitán no manda
marinero. La declaración de la Unión Europea contra las torturas en
Irak no mencionó la palabra tortura. Esa desagradable expresión fue
sustituida por la palabra "abusos". Bush y Blair hablaron de
"errores".
Los periodistas de la CNN y de otros medios masivos no pudieron
utilizar la palabra prohibida. Años antes, para que los prisioneros
palestinos fueran legalmente triturados, la Suprema Corte de Israel
había autorizado "las presiones físicas moderadas". Los cursos de
torturas que desde hace mucho tiempo reciben los oficiales
latinoamericanos en la Escuela de las Américas se denominan
"técnicas de interrogatorios". En Uruguay, que fue campeón mundial
en la materia durante los años de la dictadura militar, las
torturas se llamaban, y se llaman todavía, "apremios ilegales".
Según Amnistía Internacional, la venta de aparatos de tortura en el
mundo es un brillante negocio para unas cuantas empresas privadas
de Estados Unidos, Alemania, Taiwán, Francia y otros países, pero
esos productos industriales son "medios de autodefensa" o "material
de control de la delincuencia".
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En cambio, sí mencionaron la palabra tortura, con todas sus letras,
los encuestadores que interrogaron a la población de Estados Unidos
en el año 2001, poco después del derrumbe de las torres de Nueva
York. Y casi la mitad de la población, el 45 por ciento, contestó
que la tortura no le parecía mal "si se aplica contra los
terroristas que se niegan a decir lo que saben".
Seis años antes, sin embargo, a nadie se le hubiera ocurrido
torturar al terrorista Timothy McVeigh cuando se negó a dar los
nombres de sus cómplices. La bomba que McVeigh puso en Oklahoma
mató a 168 personas, incluyendo muchas mujeres y niños, pero él era
blanco, no era musulmán y había sido condecorado en la primera
guerra de Irak, donde aprendió a cocinar puré de gente.
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Contra el terrorismo, todo vale. Lo ha proclamado el presidente
Bush, en mil ocasiones; y lo ha repetido el eco Blair. Ambos
continúan brindando por el éxito de sus cruzadas. Siguen diciendo:
"El mundo es ahora un lugar mucho más seguro", mientras el mundo
estalla y cada día la violencia genera más violencia y más y
más.
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Guantánamo es el símbolo del mundo que nos espera. Seiscientos
sospechosos, algunos menores de edad, languidecen en ese campo de
concentración. No tienen ningún derecho. Ninguna ley los ampara. No
tienen abogados, ni procesos, ni condenas. Nadie sabe nada de
ellos, ellos no saben nada de nadie. Sobreviven en una base naval
que Estados Unidos usurpó a Cuba. Se supone que son terroristas. Si
son o no son es un detalle que no tiene la menor importancia.
Allí fue donde el general Ricardo Sánchez ensayó treinta y dos
formas de tortura, llamadas "tácticas de presión e intimidación",
que luego implantó en las prisiones de Irak.
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Desde el derrumbe de las torres de Nueva York, la tortura viene
recibiendo numerosos elogios. Se ha desencadenado un bombardeo de
opiniones jurídicas y periodísticas abierta o veladamente
favorables a este método institucional de violencia, aunque nunca,
o casi nunca, lo llaman como se llama. Estas apologías de la
infamia, que provienen del poder, o de fuentes cercanas, sostienen
que la tortura es legítima para defender a la población desamparada
ante las amenazas que acechan, porque hay medios de lucha de
moralidad dudosa que resultan inevitables contra los inescrupulosos
asesinos que practican el terrorismo y lo promueven y que jamás
dicen la verdad.
Pero, si así fuera, ¿a quiénes habría que torturar? ¿Quiénes son
los hombres que más han mentido en este siglo XXI? ¿Quiénes son los
que más inocentes han matado, sin ningún escrúpulo, en sus guerras
terroristas de Afganistán y de Irak? ¿Quiénes son los que más han
contribuido a la multiplicación del terrorismo en el mundo?
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Ahora abundan los sorprendidos y los indignados, pero la tortura no
fue utilizada por error ni por casualidad contra la población
iraquí. Las tropas de ocupación la emplearon como era costumbre,
por órdenes muy superiores, a sabiendas de lo que hacían y de para
qué lo hacían.
¿Para qué? No hay ninguna prueba de que la tortura haya servido
nunca para evitar ni un solo atentado terrorista. En el caso de
Irak, ni siquiera ha sido útil para capturar a ninguno de los
prófugos importantes. El más, Saddam Hussein, no cayó gracias a la
tortura sino gracias al dinero que compró a un soplón.
La tortura arranca informaciones de escasa utilidad y confesiones
de improbable veracidad. Y sin embargo, es eficaz. Por eso se ha
aplicado y se continúa aplicando: lo que es eficaz es bueno, según
los valores que rigen al mundo. La tortura es eficaz para castigar
herejías y humillar dignidades, y sobre todo es eficaz para sembrar
el miedo. Bien lo sabían los monjes de la Santa Inquisición y bien
lo saben los jefes guerreros de las avCenturas imperiales de
nuestro tiempo: el poder no emplea la tortura para proteger a la
población, sino para aterrorizarla.
¿Será tan eficaz como el poder cree que es?
EDUARDO GALEANO