12 de diciembre de 2005
ADIÓS AL VOTO CRUZADO
Una de las peores perversiones de nuestra antigua cultura
electoral, heredada del dogma puntofijista que privó en el país
durante décadas, fue sin lugar a dudas aquella absurda forma de
sufragar conocida como “el voto cruzado”, que consistía
en hacernos bloquear las posibilidades de buen gobierno de la
opción que elegíamos mediante la llamada tarjeta grande,
colocándole al partido opositor como obstáculo a su desempeño
mediante la tarjeta pequeña. Una modalidad asociada estrechamente
al concepto de “alternabilidad democrática” que se
impuso entonces, y que en la práctica no era más que un vulgar
“quítate tú pa’ poneme yo”.
Tamaña insensatez era justificada por los partidos puntofijistas
como una fórmula que supuestamente aseguraba el
“control” del gobierno desde el Congreso, vendiéndole
con esto al país la idea según la cual no debía importar que a ese
“controlador” se lo estuviese sacando virtualmente a
patadas del poder en esas mismas elecciones, las más de las veces
por ineficiente y corrupto.
En el mundo entero, comenzando por los países más desarrollados,
las crisis políticas suelen estar relacionadas con el descalabro
institucional que significa para ellos la elección de un Congreso
dividido entre facciones opuestas, porque se entiende que la
decisión mayoritaria de los electores para la conformación del
gobierno debe estar en correspondencia con la posibilidad de que
los demás poderes le brinden el debido apoyo a su gestión, en
virtud de lo cual las fuerzas con opción de triunfo procuran
obtener siempre la mayoría parlamentaria para asegurar el buen
desempeño de su partido en el gobierno.
En Venezuela se pretende descalificar esta norma universal,
haciendo aparecer el triunfo de las fuerzas bolivarianas en las
elecciones parlamentarias como un signo de totalitarismo y de
tiranía. De acuerdo a la lógica de la oposición (argumentar en
contra del sentido común), la obtención de una mayoría calificada
solamente sería aceptable si, y solo si, quienes la obtienen son
ellos. Esto explica por qué discuten tanto sobre la unidad que
ellos tanto necesitan, a la vez que desacreditan y vilipendian con
tanto rigor la amplísima unidad que constituye el llamado Bloque
del Cambio.
Según esta disparatada noción de la democracia, y de acuerdo a las
insólitas garantías de transparencia electoral que estos señores
exigen, el único proceso eleccionario aceptable sería aquel en el
cual con la debida antelación se le asegurase el triunfo a la
oposición. De donde se desprende que (siempre según ellos) la única
solución para la paz social es permitirles retornar al poder. De no
ser así, su única propuesta política al país seguirá siendo acusar
al Gobierno de truculento en todo cuanto haga.
¿Si hoy acusan de ilegítimo al chavismo por los porcentajes
electorales que la oposición tan burdamente descalifica, qué irá a
decir dentro de un año apenas, cuando Chávez obtenga los diez
millones de votos que les tiene ofrecidos?
aaranguibel@msn.com
ALBERTO ARANGUIBEL