8 de diciembre de 2005
YA ME CUESTA RECONOCER A ESTOS ESTADOS UNIDOS
En estos últimos años me sentí cada vez más preocupado por muchas
políticas de Gobierno que amenazan hoy principios básicos abrazados
por todas las administraciones norteamericanas anteriores, tanto
demócratas como republicanas.
Entre estos figuran el compromiso con la paz, la justicia social y
económica, las libertades civiles, nuestro medio ambiente y los
derechos humanos. Peligran también compromisos históricos
vinculados con facilitar a los ciudadanos información veraz,
respetar las voces del disenso y brindar autonomía local y estadual
y responsabilidad fiscal.
Nuestros líderes políticos declararon su independencia de las
limitaciones de las organizaciones internacionales y desaprobaron
viejos acuerdos mundiales —incluidos aquellos sobre armas
nucleares, control de armas biológicas y el sistema internacional
de justicia.
En lugar de nuestra tradición de abrazar a la paz como prioridad
nacional salvo que nuestra seguridad se vea amenazada de forma
directa, proclamamos una política de "guerra preventiva", un
derecho íntegro a atacar a otros países de forma unilateral. Cuando
existen diferencias graves con otros países, los consideramos
parias internacionales y nos negamos a discusiones directas para
resolver las disputas.
Independientemente de los costos que ello pueda tener, altos
dirigentes estadounidenses hacen denodados esfuerzos para ejercer
un dominio imperial en todo el mundo.
Todas estas políticas "revolucionarias" fueron orquestadas por
aquellos que creen que el tremendo poder de nuestro país no debiera
limitarse. Aun con nuestras tropas comprometidas en combates y con
el país enfrentado a la amenaza de más ataques terroristas, nuestra
frase de "Están con nosotros o en contra nuestra" reemplazó la
formación de alianzas basadas en una comprensión clara de los
intereses mutuos, incluida la amenaza del terrorismo.
Otro preocupante dato es que a diferencia de nuestros tiempos de
crisis nacional, la carga del conflicto se concentra hoy de forma
exclusiva en los pocos hombres y mujeres heroicos enviados de forma
repetida a luchar en la ciénaga de Iraq. Al resto de nuestro país
no se le pidió que hiciera ningún sacrificio y se hicieron todos
los esfuerzos para ocultar o minimizar la toma de conciencia
pública de las bajas.
En lugar de valorar nuestro papel como los grandes campeones de los
derechos humanos, vemos ahora que las libertades civiles y la
privacidad personal fueron burdamente violadas, según algunas
cláusulas extremas del Acta Patriótica.
De mayor preocupación es el hecho de que Estados Unidos repudiaron
los acuerdos de Ginebra y abrazaron el uso de la tortura en Iraq,
Afganistán y Bahía de Guantánamo. Resulta molesto ver cómo el
presidente y el vicepresidente insisten en que la CIA debería tener
libertad para perpetrar "un trato o castigo cruel, inhumano o
degradante" contra personas que se encuentran bajo la custodia de
los Estados Unidos. En lugar de disminuir la dependencia que tienen
EE.UU. de armas nucleares y su posterior proliferación, hemos
insistido en nuestro derecho a conservar nuestros arsenales, a
expandirlos, y por ende a invalidar o derogar casi todos los
acuerdos sobre control de armas nucleares negociados en los últimos
50 años.
Nos hemos convertido en uno de los principales culpables de la
proliferación nuclear mundial. La protección del medio ambiente
quedó relegada a raíz de la subordinación del Gobierno a la presión
política de parte de la industria petrolera y otros grupos de lobby
poderosos. En los últimos cinco años se han registrado bajas
continuas de los patrones de contaminación a nivel nacional, en
tanto que hubo una condena casi universal contra las políticas
ambientales de EE.UU. para el resto del mundo.
Nuestro Gobierno abandonó la responsabilidad fiscal a través de
favores sin precedentes en beneficio de los ricos, mientras se
descuida a la familia trabajadora norteamericana.
Los congresistas se aumentaron su propia dieta en 30 000 dólares
anuales desde que congelaron al salario mínimo a 5,50 dólares por
hora (el más bajo de los países industrializados).
Estoy también preocupado por un cambio fundamentalista en muchas
casas de culto y en el Gobierno, a medida que la Iglesia y el
Estado se fueron interrelacionando cada vez más.
En su condición de única superpotencia del mundo, Estados Unidos
debieran ser vistos como los campeones inquebrantables de la paz,
la libertad y los derechos humanos. Nuestro país debiera ser el eje
alrededor del cual pudieran reunirse otras naciones para combatir
las amenazas a la seguridad internacional y para enriquecer la
calidad de nuestro medio ambiente común.
Es hora de curar las profundas y perturbadoras divisiones políticas
existentes dentro de este país, y de que los norteamericanos estén
unidos en un compromiso común para revivir y alimentar los
históricos valores morales y políticos que abrazamos los últimos
230 años.
JIMMY CARTER, EX PRESIDENTE DE ESTADOS UNIDOS